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Buenas Prácticas en la Inclusión Social

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Comentarios generales sobre los talleres 2005-2006 Imprimir E-Mail
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Graciela Malgesini
Directora del Proyecto, Departamento de Intervención Social
Cruz Roja Española

Hoy consideramos a la exclusión social como un concepto ya establecido dentro del campo político, legislativo, asociativo y académico. En los últimos treinta años, los diversos estudios han agrupado bajo este término polémico cuestiones como la pobreza, la marginalidad, la victimización, la falta de inserción, la falta de participación y visibilidad....

Para una determinada orientación teórica, la exclusión social no se explica exclusivamente en términos económicos, sino que está vinculada con las relaciones de poder entre grupos.  Quedan fuera aquellos que no entran en el espacio predefinido como “de normalidad”, las personas atípicas o incompatibles con los valores establecidos para poder pertenecer a dicho espacio. Esta desigualdad no procede necesariamente de los grupos dominantes de la sociedad, sino de grupos sociales específicos, simbólicos, culturales, regionales, ideológicos, y es sobre el diferencial de poder donde reposaría la exclusión de unos por parte de otros. Hay unas relaciones esenciales entre “establecidos y “excluidos” , “excluyentes y excluidos”, “instituciones e individuos en desventaja”. Los primeros poseen un grado de organización y cohesión fuerte, una identificación colectiva, una comunidad de normas.... Los segundos son grupos anómicos, sin cohesión, con pocos valores comunes. Para estos autores la exclusión procede de la estigmatización que implica una desvalorización “del otro”, tanto individual como colectivamente. Por ello, destacan mecanismos no visibles a primera vista que, si se combinan, producen situaciones de exclusión.

Otra segunda interpretación es que la exclusión puede ser la manifestación de la crisis o la transformación profunda de la sociedad sustentada en relaciones asalariadas. Esta crisis cuestiona la cohesión y provoca el debilitamiento del vínculo social  o la desafiliación social, que explican nuevas formas de vulnerabilidad. Aunque consideran la interdependencia entre las causas estructurales e individuales, destacan las estrategias de los individuos y los grupos. Para estos autores, la sociedad  (y el Estado) no cumplen con su función integradora mediante el trabajo, la educación y la familia, por lo que carece de cohesión social.

En tercer lugar, la exclusión puede analizarse como el rechazo a comprometerse con un determinado modo de desarrollo personal, o más aun, como la imposibilidad de insertarse individualmente, debido a problemas identitarios. En la sociedad actual, donde triunfa el individualismo, las personas tiene que recurrir a diferentes estrategias en relación con los recursos disponibles y sus capacidades para utilizarlos. Las personas excluidas carecen de recursos socialmente reconocidos para construir una identidad “valorada” positivamente por el resto; por ejemplo, sus puestos de trabajo, sus profesiones, su nivel de consumo, elementos estos que constituyen los fundamentos del reconocimiento social. Por lo tanto, están al margen de los intercambios simbólicos y del mundo social. En este sentido, una persona aislada, sin actividad, sin vínculos con sus pares, vive una auto-percepción que puede conducirla también a la auto-exclusión. No se trata de la “muerte social”, sino de una “vida desvalorizada”. La sociedad supuestamente igualitaria y democrática carece de recursos para evitar la estigmatización, el rechazo y la desigualdad. Algunos autores se refieren a este proceso como de “desafección”, la falta de interacción entre la persona y el sistema.

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