Pedro José Cabrera Cabrera Departamento de Sociología y Trabajo Social Facultad de Ciencias Humanas y Sociales Universidad Pontificia Comillas de MadridCada vez es más frecuente oír hablar de Buenas Prácticas. La metodología que se aplica a la detección, selección y difusión de Buenas Prácticas, se encuentra estrechamente vinculada con los procedimientos de gestión de la calidad en el seno de las organizaciones, por lo que con frecuencia al abordar el tema se tiende a focalizar la atención sobre los aspectos técnicos e instrumentales, más que sobre los fundamentos teóricos y sustantivos en los que se apoya. Sin embargo, en el ámbito de los servicios sociales y de la lucha contra la exclusión, no es tan importante, de entrada, contar con normas consensuadas, procedimientos establecidos y estándares aceptados -¿hasta qué punto se pueden estandarizar, lo que deben ser procesos personales e individualizados?- como desentrañar la lógica íntima que se contiene en las prácticas de trabajo en las que se desea elevar, desarrollar y estimular la calidad. Naturalmente, una vez hecho esto, el paso siguiente nos llevará inevitablemente a tratar de establecer criterios o requerimientos con arreglo a los cuales sea posible evaluar la propia práctica, pero, como recientemente se ha escrito por mayores especialistas que yo en estos asuntos (ver SERRA 2002), la mejor forma de conseguir la calidad en este ámbito social es tratar de desarrollar globalmente la organización o el sistema utilizando para ello los instrumentos de gestión más adecuados, pero sin hacer de éstos instrumentos el objetivo principal de la gestión de calidad.
Llevado de esta idea, voy a intentar presentar algunas de las preguntas e inquietudes que me suscita el tema de las Buenas Prácticas dejando sentado de entrada, que esto no significa que deje de apreciarlas y valorarlas, sino más bien todo lo contrario: precisamente porque me parece enormemente útil el procedimiento, creo que hay que ser cuidadoso en su aplicación y analizar críticamente sus fundamentos . Mucho antes de que empezáramos a oír hablar de calidad total, búsqueda de la excelencia, mejora continua y benchmarking , ya existían múltiples ejemplos en los que la mejora de la propia actividad se producía a partir de la observación, el análisis y la imitación de las maneras exitosas de actuar que adoptaban otros actores semejantes a uno mismo, para poder después incorporarlas, acomodándolas a la propia realidad. Una conexión ¿espúrea?Al tener que reflexionar sobre la importancia de las Buenas Prácticas, esto es, sobre lo importante que resulta disponer de buenos ejemplos de actuación, en los que poder inspirarse o, si se quiere, a los que poder imitar, la mente se me fue hacia un asunto que en otro tiempo tuvo gran predicamento y que, al menos la gente de mi generación tuvo ocasión de conocer (y padecer) a fondo. Me refiero a la vieja pedagogía que machaconamente insistía en la importancia de los “buenos ejemplos”, para progresar en la educación (moral) de los niños y adolescentes. Aunque de entrada la conexión entre un asunto y otro pueda parecer algo lateral y descabellada, quizás convendría lo pensáramos un poco más despacio y tomáramos el referente que les propongo como un útil instrumento que nos sirva para ordenar nuestra propia línea de reflexión sobre lo que queremos decir cuando hablamos de la importancia de las Buenas Prácticas, a fin de cuentas, ¿no estamos hablando de la “importancia de los buenos ejemplos”, si se quiere, “de las buenas compañías”? [...] 
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