MARÍA JESÚS PÉREZ CRESPO Asociación Bienestar y Desarrollo. Programa Migración y Multiculturalidad UAM Imagen ilustrativa Es difícil comenzar a reflexionar sobre las buenas prácticas en el acogimiento y las adopciones especiales ya que se trata de una modalidad apasionante de intervención, en favor de la mejor protección de la infancia, que entraña un grado alto de complejidad.Un amigo y colega de profesión1 define el acogimiento familiar como “familias que ayudan a familias”. Y es cierto, el acogimiento debiera tratarse de esto, de una familia que ayuda a otra familia haciéndose cargo del cuidado de sus hijos e hijas mientras sus padres (madre, padre o familia) no pueden hacerse cargo de ellos por diferentes circunstancias.
Algo tan simple, tan comunitario, tan básico como ayudar a otra familia que de manera temporal o permanente, se encuentra sumida en una incapacidad para cuidar de sus descendientes. Sin embargo, el entramado social, familiar, laboral en el que vivimos dificulta que esto pueda darse con naturalidad (o facilidad). Además, se entremezcla el indiscutible papel que debe jugar la administración como responsable subsidiario del bienestar de los niños y niñas cuando sus padres o tutores no pueden garantizárselo. Por ello ha sido necesario que, en la ayuda que familias prestan a otras familias, deban intervenir multitud de agentes sociales e institucionales bajo la dirección de orquesta de los servicios de protección de menores. Es definitiva, situamos entre ambas familias (la de origen y la acogedora) complejos procesos y procedimientos que llevan a cabo profesionales de múltiples entornos. [...] 
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